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María Ledesma el viernes pasado, en el cierre de las Jornadas docentes 

¡GRACIAS, MAESTRA! 

Una reseña en agradecimiento a tu generosidad que hace brillar más la lucidez de tus palabras.

El viernes pasado continuamos las Jornadas docentes acerca de la evaluación. Luego del plenario disfrutamos la participación de María Ledesma, quien inició su charla destacando la decisión de celebrar nuestros 20 años repensándonos como docentes a partir de un tema como la evaluación. Porque la evaluación es por excelencia un espacio en el que lo que está en juego es el poder: alguien tiene poder sobre otro a partir de “saber lo que hay que saber”. Pero ¿qué hay que saber? ¿quién confiere esa legitimación?

La razón escolástica, el modo en que occidente desarrolló su enseñanza desde hace más de 400 años, es aceptado por nosotros como el único posible y, señalaba María citando a Bourdieu, es un modo que se caracteriza por su distancia con el mundo práctico. Más allá de los límites del productor de conocimiento, sus condiciones y su capital simbólico, más allá de las características propias de la disciplina, hay condicionamientos propios de la escolé y su lógica del ocio estudioso, que aleja de lo real y de las exigencias de la situación. Vivimos de los 3 a los 25 años en un estado de ingravidez social, de ignorancia sobre la realidad, de ignorancia acerca de “a costa de quién estamos ahí”. Ingravidez que sostiene la no pregunta sobre por qué estamos ahí (o aquí).

Mientras la institución sigue en modo ocio estudioso, miles de gusanos tejen en el MIT una cúpula de seda, o en la Universidad de Concordia en Canadá desarrollan el criobook. Con estas referencias María señalaba que estamos en un mundo que cambia constante y vertiginosamente, en el que el conocimiento se vuelve obsoleto y el estudiante, nuestro objeto de estudio, también. Por esto, la enseñanza -y la evaluación- se encuentran en una realidad dinámica y nueva.

Tenemos entonces una enorme responsabilidad como profesores, en especial como profesores de diseño. Todo ambiente innovativo requiere cuatro condiciones: alta calidad de vida, tecnología, universidad y talento. En Argentina tenemos estas dos últimas condiciones. Y las tenemos a mano. Por lo tanto pensar la evaluación como un acto de aprendizaje -no limitada a medir, clasificar, calificar- es pensar que la educación, si bien incluye la trasmisión -la memoria histórica-, es sobre todo apertura a nuevas posibilidades: deberíamos corrernos del lugar de sujetos propietarios del saber y pensar que hay algo que el maestro no sabe y el alumno sí. Y valorarlo. Hay algo que es del alumno y sobre ese algo trabajamos. Quien sabe de ese algo, es el alumno. Y nosotros estamos ahí para, en palabras de Roberto Doberti, co regir, es decir: acompañar. Aunque no estemos seguros de a dónde vamos. 

Charlas y Talleres